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martes, 12 de noviembre de 2013

“LAS HUELLAS DE GUILLERMO ENRIQUE HUDSON” DE MASAO TSUDA

Fotografía dedicada por Hudson a su hermana Mary Ellen.
El domingo 3 de noviembre de 2013 en EL QUILMERO se publicó “BUSCANDO A HUDSON ENTRE LOS PÁJAROS DE LONDRES (Ver: http://bibliogoyena.blogspot.com.ar/2013/11/buscando-hudson-entre-los-pajaros-de.html), página tomada de un número del suplemento dominical "rotograbado" de La Prensa y ahora reproducimos una nota especial para ese periódico, publicada en la segunda sección del domingo 14 de octubre de 1962, bajo el título, “Guillermo E. Hudson y su sobrina Laura de Masau Tsuda; capítulo que luego incluirá en su libro, Las huellas de Guillermo Enrique Hudson (en el libro el nombre del autor figura como Masao) - que completa la bibliografía hudsoniana - editado en 1963. La Biblioteca Popular Pedro Goyena posee un ejemplar del mismo a disposición de quienes se interesen por la vida y la obra de este nuestro mayor escritor.

El libro incluye los siguientes títulos: “Hudson, Garibaldi y el Almirante Brown”; “Hudson y su sobrina Laura”; “La casa natal de Guillermo Enrique Hudson”; “La casa nueva “Las Acacias”; “Porqué Hudson escribió sus obras en idioma inglés.
A continuación se transcribe el segundo de ellos - el mismo que se publica en La Prensa -  páginas que nos introducen en la vida íntima del autor de "Allá lejos y hace tiempo"; sus vínculos familiares, sus afectos y sus añoranzas humanas, fuera de la pampa insuperable:



 
 Reproducción de la carta autógrafa, enviada por Hudson a su sobrina Laura que se traduce a continuación:
Mí querida Laura: 
¿Qué se ha hecho de ti y del barco? No puedo imaginár­melo, pues no veo palabra de su llegada en los diarios.
Como estamos en las vacaciones de Pascua, Emily y yo iremos a la costa por cinco o seis días; pensamos regresar el 13 de abril. Entretanto, si llega alguna carta o telegrama tuyo nos lo enviarán y lo tendremos en unas 24 horas.
Me estoy inquietando al no saber nada de ustedes, ya que dijeron que estarían en Marsella el 30 de marzo.
Hasta pronto, con cariños de los dos para los dos. [1] 
W. H. Hudson

Mary Hellen Hudson de Denholm, hemana menor del escritor y su nieta Violeta Shinya
Esta carta - traducida del inglés y que se publica por primera vez - la escribió Hudson en 1908 a su sobrina Laura, última hija de su hermana Mary Ellen, con quien mantenía frecuente correspondencia. A través de sus car­tas vivió la alegría del casamiento de Laura y recibió la agradable noticia de su visita a Londres, adonde llegaría en viaje de luna de miel, los primeros días del mes de abril. La carta a Laura expresa su ansiedad por verla; estaba impaciente pensando que aún no habrían resuelto salir de Buenos Aires.
No sé por qué causa los hermanos Hudson no eran uni­dos. Guillermo Enrique estaba alejado de su familia; así lo dice en su carta a Cunningham Graham “... Tengo allí hermanos y hermanas y otros parientes, pero no puedo decir si viven o no…” [2] 
Con su hermana Mary Ellen, sin embargo, sucedía todo lo contrario; la quería entrañablemente y la recordaba con ternura. En sus libros Far away and long ago y Book of a Naturalist, la menciona muchas veces con cariño. Es muy posible que ya desde pequeños haya existido más afi­nidad entre ellos. En su autobiografía, Hudson habla de la poco afectuosa actitud de sus hermanos mayores, que siempre trataban de alejarlo, y destaca en cambio la com­prensión de Mary Ellen y de Albert, con quienes jugaba amigablemente. Además, Guillermo y Mary Ellen amaban las bellezas naturales y los pájaros y este sentimiento co­mún los acercaba aún más. Lo apreciamos en su carta a Cunningham Graham, cuando le escribe ... Con frecuencia recibo cartas (y tarjetas postales) de mi hermana, que ahora viven en Los Molles, [3] San Esteban, en Córdoba, entre las sierras y rodeada de bosques, donde está reanudando su conocimiento de los pájaros que en una época eran comu­nes en Buenos Aires, y de otros nuevos para ella, como el mirlo argentino. Sus cartas me hacen morir de deseos de estar en un lugar semejante...”
 Laura y su esposo Shinya (fotografía obtenida en Tokio el 21 de octubre de 1908)

Mary Ellen valoraba y agradecía el amor y la compren­sión de su hermano Guillermo, quien entendiéndolo así, tra­taba de animarla sabiendo que su matrimonio había fraca­sado y que eran continuos sus sinsabores y tristezas. En verdad, Mary Ellen no había sido una esposa feliz. Casada en Buenos Aires con un escocés llamado Tomas Denholm, vivió dedicada a sus ocho hijos, un varón y siete mujeres, a quienes cuidó con cariño y abnegación.
Denholm, hombre poco afecto a la vida hogareña, eludía sus obligaciones de padre, desapareciendo esporádicamente, hasta que un día resolvió abandonar su casa para no regresar. Dolorida y avergonzada, Mary Ellen, pensando en sus ocho hijos, pidió a su hermano Guillermo que la acon­sejara. Sintiendo de cerca la amargura y comprendiendo su elevado espíritu de resignación y su fortaleza moral para resistir sola y olvidada de su marido todas las desgracias que le habían ocurrido, Hudson la ayudó a rehacerse y le insistió en que se trasladara a la Casa de Conchitas [4] (donde nacieron todos sus hermanos), que entonces estaba vacía.
Después que Mary Ellen y su familia se fueron a Conchi­tas, Guillermo (que vivía en Buenos Aires, en casa de un amigo situada en la calle Bolívar 344), los visitaba a me­nudo, pues le encantaba pasar con ellos el fin de semana, precisamente allí donde él se dedicaba a sus estudios, donde guardaba celosamente sus libros, sus recopilaciones y su material precioso de ornitología. En 1874, cuando Hudson viajó a Inglaterra, su hermana aún permanecía en Conchi­tas. En su carta a Albert, le decía: “…Después de leerla, trata de hacer llegar esta carta a Conchitas. a la señora Denholm; le llevará quince días para leerla, muy proba­blemente…” [5] 
Sin que se pueda precisar cuándo, Mary Ellen y sus hijos se trasladaron a Córdoba, donde nadie los conocía. Fue un triste día de verano, en que las aguas del río le llevaron a su único hijo varón. Esta pérdida le causó un enorme sufrimiento. Parecía destinada a padecer los más grandes dolores, pues al año siguiente una horrible epide­mia le quitó seis de sus hijas. Laura logró salvarse milagro­samente. La inmensa angustia de Mary Ellen encontraba alivio en la existencia de su hija menor y ella sentía que el caudal de cariño de su madre, naturalmente, crecía día a día.
Después de la instrucción primaria de Laura, Mary Ellen resolvió volver a Buenos Aires. Cerca de Plaza Italia, alquilaron una casa, en la calle Thames 2440. Como dispo­nían de pocos medios, Laura, que había finalizado sus es­tudios en el “North American Normal School”, daba clases particulares de idioma inglés. Las obligaciones aumentaban y era necesario afrontarlas. La idea de establecer un pen­sionado para jóvenes ingleses y norteamericanos fue una solución muy acertada, pues en verdad, resultó de gran utilidad el conocimiento de inglés que ambas poseían.
Un gran amigo de la casa, el señor Hogg, que era gerente general del Banco de Londres y Río de la Plata, se había manifestado con entusiasmo, en varias oportunidades, en reunir jóvenes que quisieran ingresar en la Asociación Cris­tiana de Jóvenes. Esta situación le permitió presentarle a la señora Denholm a ingleses y norteamericanos interesados, y a un asiduo concurrente japonés llamado Yoshio Shinya. [6] 
El señor Hogg los recibía casi todos los fines de semana en su casa-quinta y en esas reuniones Laura era el centro de todas las atenciones. Los jóvenes la agasajaban sin sos­pechar que sus sentimientos yá estaban comprometidos, pues Yóshio Shinya la festejaba. Bien pronto Laura hizo saber a su madre su noviazgo con Yoshio y su propósito de casarse con él. El señor Hogg, que simpatizaba mucho con Yoshio y quería muy bien a Laura, fue el primero en recibir de Mary Ellen, muy emocionada, esa agradable noticia. El 21 de noviembre de 1907, en la Iglesia Metodista de la calle Corrientes 718, se casaron Laura y Yoshio. El señor Hogg fue el padrino.
Aun lejos, Hudson vivía cerca de su hermana. Sus cartas así lo expresan. Trataba de ayudarla alentándola y no olvi­dando a Laura a quien nunca dejó de enviarle los tradicio­nales regalos de Navidad y de cumpleaños. Mary Ellen tenía el privilegio de leer las obras de Hudson en libros que él le enviaba cariñosamente dedicados y en cuanto aparecían publicados.
Laura se había casado ya. Una vez más Mary Ellen añoró la ausencia de Guillermo; sólo él hubiera podido comprender que sus sentimientos de alegría y tristeza a la vez, eran tan justificados. Deseaba con vehemencia que Guillermo viera a su sobrina querida. Pensó en el viaje de luna de miel de Laura y Yoshio; ellos le habían hablado de viajar a Japón, pues Yoshio quería visitar su país. Mary Ellen no vaciló en pedirles que incluyeran Londres en su itinerario. Laura, más que nadie, sabía lo que ese pedido significaba y se apresuró a cambiar los planes, accediendo así a la voluntad de su madre, con el mejor consentimiento de Yoshio. El viaje a Japón lo harían en otra oportunidad, pues ya habían resuelto ir directamente de Buenos Aires a Londres, embarcándose en el “S. S. Urakina” para llegar a destino el día 22 de julio. Este cambio postergó la prime­ra fecha que habían fijado para la partida y ante la falta de noticias por inconvenientes en las comunicaciones, Hud­son, preocupado, le escribe a Laura la carta que encabeza este artículo.
Durante su viaje, Laura escribía diariamente a su madre las impresiones recibidas. Sólo las partes relacionadas con Guillermo E. Hudson son las que transcribo a continua­ción. (Las cartas originales están escritas en idioma in­glés).
A bordo del “Urakina” (frente a la costa de Inglaterra)

“Lunes 20. Queridísima mamá: Hoy estamos en Plymouth. Te en­vío mi carta o diario de 24 páginas. No pudimos desem­barcar, de modo que la despachamos y certificamos a bor­do. Espero que la reciban sin inconvenientes. Mañana hará ocho meses que nos casamos, por lo que pienso lo lindo que sería que pudiéramos cenar en tierra y en el corazón de Londres. Desde Plymouth telegrafiamos al Hotel Morley, de la calle Trafalgar, para reservar habitación; sin­ceramente deseo que tengan una, pero alguien a bordo dijo que era difícil debido a la Exposición. Escribiré al tío William en cuanto vea si conseguimos algo en el Morley. Ten­go muchos deseos de verlo. Espero poder encontrar algo en él que me recuerde a ti….”

“Hotel Morley, Plaza Trafalgar, Londres, W. C.
Julio 22. Miércoles. Bueno, por fin estamos en el real y mismísimo Londres. Ayer, a eso de las dos de la tarde, anclamos en el Támesis frente a Tilbury y vinimos a Lon­dres en tren especial en una hora de viaje - cuando los hombres de la aduana subieron a bordo, acabaron con él equipaje y partió el tren, eran las cuatro -  de modo que llegamos al hotel a eso de las seis menos diez. Estábamos cansados y con hambre, ya que no habíamos tomado el té, de modo que lo pedimos en cuanto llegamos, pero antes de tomarlo le cablegrafiamos: ‘llegamos’; debe de haberlo recibido a eso de las seis de la tarde; espero que así sea. Después de cenar salimos a caminar un poco por la ribera. Lo primero que me impresionó de Londres fue su aspecto sucio; ¡ah! si pudieras ver solamente los hermosos edi­ficios, pero, ¡todo negro! Escribí al tío William antes de cenar y esta mañana, al desayuno, recibí un telegrama suyo diciendo que vendría a las 11.30. Bueno, salimos y dimos una vuelta; después fuimos al Consulado del Japón y volvimos, y lo encontramos esperándonos. Es muy, muy agradable. Se parece mucho a sus fotografías, sólo que se lo ve más viejo y más triste; él dice que se conserva igual, pero da la impresión de que está sufriendo continuamente. Habla lento y bajo y uno creería que tiene ‘fatiga* sola­mente. Pienso que es su modalidad.
Preguntó mucho por ti, hasta cómo estabas y si tenías el cabello gris. Dice que su libro [7] fue muy bien recibido y que lo que dijo en él de la crueldad con los pájaros en Cornualles ha traído como consecuencia una ley aprobada por el Parlamento para protegerlos allí y que es la primera vez que un libro ha sido causa de que las Cámaras aprobaran una ley. 
¡Imagínate qué honor para él, y sin embargo uno lo ve tan tranquilo y casi humilde! Iremos a verlo esta tarde - somos como la realeza, devolvemos las visitas el mismo día -; nos pidió que lo hiciéramos para conocer a la tía Emilia; ¡quién sabe cómo me llevaré con ella!; espero que bien. El tío nos explicó cómo llegar a su casa y nos dijo que quedaba como a seis millas, dos leguas, agregó. To­davía no tenemos el baúl con el mate y las cosas, pero le dijimos que tú habías mandado algunas y rió, diciendo que temía haber perdido el gusto de tomarlo…” 

“Jueves 23. Ayer a la tarde fuimos a lo del tío William y parece que era el día ‘at home’ de la tía Emily; había otras personas. Es pequeña, blanca y fea, y más bien des­cuidada en su apariencia. Habló sólo unas pocas palabras conmigo; luego se dedicó a sus otras visitas, y el tío nos atendió. Antes de irnos nos hicieron prometer qué iríamos a almorzar hoy. Volvimos bastante tarde anoche, cenamos y fuimos a visitar a los Sharpers.
Esta mañana fuimos a la Abadía dé Westminster. Fue, simplemente hermoso (pero te contaré todo esto a mi re­greso). De allí fuimos a lo del tío William y me hice una opinión mejor de tía Emily, que la de ayer. Los dos son muy amables. El tío estaba muy contento con el mate. De allí fuimos a la Exposición Franco-Británica donde echa­mos un vistazo y vimos algunos de los juegos olímpicos. Era muy linda pero bastante cansadora porque hacía mu­cho calor...”
“Hotel Morley, Londres.
Martes 28. Queridísima mamá: Es tardísimo pero te diré solamente lo que he hecho hoy. El tío William vino otra vez esta tarde. Creo que disfruta estando con nos­otros; se fue alrededor de las 6.30, justo a la hora en que vino Betty...”

Miércoles 29. Nos levantamos a las 8 esta mañana y fuimos a Paddington a encontrarnos con el tío. Después que llegamos a Windsor recorrimos todo el Palacio y las habitaciones reales; entonces tomamos un carruaje y atra­vesamos el parque hasta un lugar llamado Virginia Waters. El panorama era muy hermoso y yo gocé de veras estando al aire fresco. Almorzamos en un lugar, una po­sada antigua en el Parque, y luego fuimos al lago; el cochero nos dijo que llevaría media hora, pero ¡ah!, fue tremendamente largo; caminamos y bien rápido durante más de una hora, así que cuando tomamos el coche otra vez, yo estaba simplemente molida. Después de llegar a la estación tomamos el té y luego el tren para Londres, adon­de llegamos a eso de las 6 de la tarde. Nosotros hu­biéramos querido oír cantar a la Melba. Está aquí en el Gran ópera, así que una. vez en Londres fuimos allí a sacar las entradas. ¡Las más baratas que habían quedado costaban una libra y un chelín!, naturalmente no sacamos, era demasiado caro para nosotros, de modo que volvimos al hotel atravesando Covent Gardens y compramos una libra de cerezas - se consiguen tan hermosas, tan baratas - nos desvestimos, nos recostamos y comimos cerezas. Estábamos los dos tan cansados que nos dormimos y tuvimos que apu­rarnos a vestirnos para cenar a las 8...”

Jueves 30, 21.45. Acabamos de volver de despedir al tío y a la tía Emily. Hoy, cuando estaba escribiendo, apa­reció Winnie; es la primera visita que me hace ya que está en el teatro de operaciones. Telegrafió que vendría, de modo que apareció alrededor de las 11; almorzó y tomó el té con nosotros; ha cambiado muchísimo pero to­davía es bonita. Justamente cuando empezábamos a tomar el té, un tal señor Morris - a quien Yoshio había cono­cido a través del editor del Morning Post - entró y se unió a nosotros. Es un hombre muy interesante, uno de los empleados principales de la Embajada Japonesa y también autor de varios libros que ha escrito sobre el Japón. Ha sido muy amable y atento con nosotros. Habíamos prome­tido estar en lo del tío William a eso de las 5.30 pero lle­gamos allí como una hora más tarde. El tío tenía los dia­rios y también tu tarjeta postal, y yo espero, mamá que­ridísima y que puedas arreglarte para conseguir a esa gen­te o alguna otra, y que estés cómoda hasta que volvamos a casa. Estoy segura de que disfrutaré con los diarios; los leeré después que esté en cama. No nos mandes más dia­rios mamá, porque cuesta demasiado el franqueo; en cuan­to lleguemos al Japón [8] tendremos La Razón, así que no nos mandes más y gracias por los que nos enviaste. Tía Emilia ha estado todo el día con dolor dé cabeza, por lo que no nos quedamos mucho, pero tío William insistió en que cenáramos con él en un restaurante. ¡Pobre tío William!, habló de toda la vieja gente de Buenos Aires. Creo que sen­tía despedirse de nosotros. Dijo que te estaba escribiendo y me preguntó si tendrías interés en más novelas y yo dije qué sí, que estaba segura que estarías encantada...” 

Recuerdo que un día, hablándome de Guillermo E. Hudson, el señor Yoshio Shinya me dijo: “Es muy probable que yo sea el único japonés que haya visto y tratado a Guillermo E. Hudson. Fue al verlo por primera vez en Londres, cuando me asombré de la fidelidad de las fotografías que me habían enseñado. Era igual. Su rostro definía muy bien los rasgos de los Hudson. Tenía buena figura, muy alto y quizás un poco encorvado; recuerdo que para hablarme se agachaba debido a mi estatura. (Y. Shinya era de una estatura un poco más baja que la normal de los japoneses) Nunca podré olvidar el amor y la ternura que demos­traba por Laura. Era tan expresivo en su afecto, que yo me sentía conmovido y confieso que llegué a mirarlo con lágrimas en los ojos. Laura era para Hudson el reflejo de su querida herma­na, y varias veces nos manifestó que le parecía que ha­blando con ella, lo hacía también con Mary Ellen. Nuestra permanencia en Londres le absorbía su valioso tiempo, pero él era feliz haciéndonos conocer la ciudad, acompañándonos a hacer compras, organizándonos paseos, en fin, atendiéndonos siempre. Laura y yo decidimos hablar en inglés, sabiendo que tía Emilia no entendía el castellano. No obstante nuestro propósito, era evidente que habíamos despertado en Hudson los recuerdos de sus años transcurridos en la Argentina, pues él insistía en hablarnos en castellano. Fue así como tía Emilia se vio privada muchas veces de participar en nues­tras conversaciones. Recuerdo el día que muy emocionado nos recitó el poe­ma de Domínguez; fue, en verdad, uno de los tantos gratos momentos con que nos obsequió durante nuestra visita. Realmente Hudson no podía ocultar su amor a la Ar­gentina. Sus ojos se tornaban brillantes de alegría cuando hablaba de Buenos Aires, de sus lugares, de sus calles, y sus definiciones eran tan exactas, que ciertamente me llamó la atención su memoria prodigiosa”.

Mary Hellen y su nieta Violeta Shinya
De regreso a Buenos Aires, Laura y Yoshio rogaron a Mary Ellen que viviera con ellos en la nueva casa que ocu­paban en la calle Beruti 1033. En el año 1910, Laura era madre de una niña, Violeta, quien desdé muy pequeña recibió el cuidado y el amor de su abuela, debido a la salud precaria de Laura. Violeta encontró en Mary Ellen la mis­ma ternura de su madre. Al año siguiente viajaron las tres a Córdoba, a Los Cocos, donde residieron hasta 1915, año en que falleció Laura. 
Mary Ellen y su nieta, volvieron a Buenos Aires. Cam­biaron de domicilio, mudándose a una casa situada en la calle Teodoro García 2995. Allí es donde el 23 de agosto de 1919 dejó de existir Mary Ellen. Cuando Hudson recibió el telegrama que le comunicaba esa triste noticia, se apre­suró a escribirle a Yoshio Shinya una carta en la que le manifestaba su gran pesar, diciéndole que esa dolorosa noticia era un golpe muy rudo que recibía en su vejez. Sin embargo, le reconfortaba pensar que su hermana había amado a la naturaleza, y Hudson tenía la convicción de que quien ama a la naturaleza vive eternamente feliz.
Guillermo Enrique Hudson parecía predestinado a vivir sin el calor de su familia. A la edad de 17 años perdió a su madre y a los 26 a su padre. En el lapso de pocos años, fallecieron sus hermanos. En su vejez, a los 78 años, sufrió la pérdida de su hermana más querida, Mary Ellen, y dos años más tarde, en 1921, la de Emily, su mujer. Al año siguiente, el 18 de agosto de 1922, se apaga la existencia de Guillermo E. Hudson. En el momento de su muerte, na­die se encontraba a su lado. Masao Tsuda

Del capítulo “Hudson, Garibaldi y el Almirante Brown”. Casa del Alte. Brown donde residió sus últimos años. En su frente pueden observarse los dos cañones que dieron motivo a la denominación con que Hudson hiciera referencia a la misma.


Del capítulo, “La casa natal de Guillermo Enrique Hudson” interior de la casa natal de Hudson durante la ocupación temporaria por parte de una familia tucumana. 

 Del mismo capítulo la casa natal de Hudson antes de su restauración

Plano esquemático de la ubicación de la casa de Hudson en la estancia Vitel, "Las Acacias" de la familia Gándara.

Frente y vista posterior de la presunta casa de Hudson en la estancia Vitel de la familia Gándara, tema que se desarrolla en el capítulo “La casa nueva, Las Acacias”

Masao Tsuda fue embajador del Japón en Argentina (1954), presidente de la Asociación Hudsoniana de Tokio junto a la Asociación Amigos de Hudson en Argentina realizó gestiones para rescatar la estanzuela “Los 25 ombúes” de los intrusos. 
Había visitado por primera vez la Argentina en 1941, precisamente el año en que se cumplía el centenario del nacimiento de Hudson.
Una circunstancia ajena a él le generaron problemas con el gobierno Argentino, que tras la presión que los Estados Unidos hicieron al dictador Pedro Pablo Ramírez (1943-1944), el gobierno de facto debió romper relaciones diplomáticas con los países del Eje (Alemania, Italia y Japón) el 26 de enero de 1944 y les declaró la guerra el 27 de marzo de 1945 - cuatro meses antes de que finalizara la misma - bajo la presidencia del dictador Edelmiro Farrell. Tsuda por el hecho de ser japonés y director para América del Sur de la agencia de noticias japonesa Domei fue detenido por breve lapso de tiempo pues la inmediata intevención de numerosos intelectuales argentinos le devolvió la libertad.  
En 1957 la provincia de Buenos Aires crea el Museo y Parque Evocativo Guillermo Enrique Hudson por Decreto N° 7.641 con dependencia de la Dirección de Museos, Reservas e Investigaciones Culturales. A partir de 1991 las gestiones de la profesora Violeta Shinya - sobrina nieta de Hudson e hija de un japonés - fructifican y se recibe la primera partida de las generosas donaciones gestionadas por Masao Tsuda y el embajador Yoshio Fujimoto, de distintas empresas y la Asociación de Amigos y lectores de Guillermo E. Hudson del Japón. Se inicia la ampliación de tierras del Museo en dirección al arroyo las Conchitas. En 1996 se obtienen donaciones de organismos internacionales de Japón y de la Fundación Lloyds Bank (Ver: http://bibliogoyena.blogspot.com.ar/2013/07/guillermo-enrique-hudson-hijo-dilecto.html // http://elquilmero.blogspot.com.ar/2013/08/semblanza-violeta-shinya-los-103-anos.html)
 Bibliógrafo Chalo Agnelli
FUENTES
http://edant.clarin.com/diario/96/09/28/T-03201d.htm
 
NOTAS

[1] Traducción del autor.
[2] “W. H. Hudson’s letters to R. B. Cunningham Graham”. The Golden Cockcrel Press. 1941 pp. 28-29. letter.dated April 17, 1894.
[3] Hotel Los Molles, propiedad de un señor inglés de apellido Baxter, situada en Los Cocos, San Esteban, Córdoba
[4] Al referirse a su casa natal, hablando Hudson de su “casa de Conchi­tas”, no la ubicaba como la “casa de los 25 Ombúes”. Esto trajo alguna vez su confusión. Cuando el Cónsul de los Estados Unidos en Buenos Aires, en 1865, lo recomendó al Smithsonian Institute, Hudson, cumpliendo con los requisitos de la solicitud de empleo, envió sus datos personales a esa entidad. Enterado el secretario del Instituto, doctor Spencer Fullerton Baird, escribió al cónsul americano, diciéndole que no le había sido posi­ble encontrar en el mapa un lugar que se denominara “Conchitas”.
[5]W. H. Hudson’s Diary concerning his voyage from Buenos Aires to Southampton on the Ebro” Westholm Publication. Hannover New Humpshire p. 34
[6] Yoshio Shinya fue uno de los primeros japoneses que vinieron a la Argentina. Llegó en el año 1900 a bordo de la Fragata Sarmiento. En 1893 se celebró entre la Argentina y el Japón un convenio comercial. El gobierno argentino envió la Fragata Sarmiento al Japón para exteriorizarle su simpatía. Enterado de que se necesitaba un mozo, Shinya se presentó al Capitán D. Onofre Betveder para ofrecerse. .Tenía entonces 16 años. Al llegar a Buenos Aires, resolvió permanecer algunos meses en la casa del capitán. Estudió intensamente, ingresando a la escuela normal y continuó sus estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Posteriormente se destacó por sus inquietudes en bien de los japoneses residentes en la Argentina. Fue presidente de la Asociación Japonesa en la Argentina y durante muchos años se distinguió como corresponsal, colaborando en diarios japoneses y en “La Prensa” y “La Nación”. Murió en Buenos Aires en el año 1954.
[7]The land’s end”.
[8] Viajaron a Japón desde Londres, vía EE.UU.








jueves, 7 de noviembre de 2013

IRENE SOFIA RODRÍGUEZ GARAY - "VIDAS Y PAISAJES"


En este consecuente hábito de revolver entre libros viejos, encontramos en la Goyena un ejemplar de “Vidas y Paisajes”, de la profesora Irene Sofía Rodríguez Garay, publicado por la tradicional Editorial Tor [1], "contra viento y marea", como afirmaba su lema editorial. Las palabras preliminares fueron escritas por otro docente caractarístico de la Escuela Normal César Carrizo [2] quien nos acerca a la fecha de edición, 1940.
Son nueve cuentos y seis “Acuarelas cordobesas”, breves composiciones surgidas, quizás, en los viajes por la provincia mediterránea, donde recorrió sus caminos y su gente.
La rosa encarnada”, “La fortuna de Chango”, “Desencuentro”; Estrategia, “Cántaros de barro”, “La mancha”, “La cáscara”, “Rebelde”, “Almendros en flor”… son los títulos de los breves relatos donde el tema es el amor, la traición, lo prohibido, la muerte y los dos últimos caen en los imprescindibles axiomas que acostumbraba la época, sobre todo en autores que estaban tan fusionados con la “instrucción”.
Su literatura se muestra evidentemente influida por la lectura de los hispanistas, con cierta adjetivación que, sin ser incómoda, asume prioridad sintáctica, lo que no le quita fuerza a lo argumental ni a la sustancia creativa.
Irene Sofía Rodríguez Garay era una mujer morena, alta, nada atildada en el vestir, siempre de buen talante. Poseía una humildad sin pretensiones y no hacía gala de sus conocimientos que eran muchos. Basta la lectura de “Vidas y Paisajes”, para advertir su formación académica. Fue una docente de actuación versátil en la Escuela Normal de Quilmes, donde fue designada el 13 de mayo de 1916 e ingresó el 29 de mayo, el mismo año que egresó la primera promoción del magisterio de esa casa de estudios, creada en 1912.
Docentes de la Escuela Normal de Quilmes, 1926. La segunda sentada desde la izquierda Irene S. Rodríguez Garay
Docentes y alumnos de la Escuela Normal, Rodríguez Garay de saco claro detrás de la señora de las pieles.
DE RAMALLO A LA PLATA DE LA PLATA A QUILMES
Esta educadora nació en la localidad de Ramallo, sobre las barrancas del río Paraná el 13 de julio de 1898 (aunque alguna documentación le adjudican 5 años de edad más, nacida en 1893, confusión que luego, como veremos, le traerá ciertas dificultades) En ese pueblo de la provincia de Buenos Aires donde se levanta el estrambótico castillo normando que el poeta "gauchesco" Rafael Obligado (1851 - 1920), autor del muy autóctono "Santos Vega"[3], insólitamente, mandara construir para su mujer Isabel Gómez Langenheim.
Fueron padres de Irene, don Porfirio Rodríguez (n. 8/9/1841) y doña Fidela Garay (24/4/1863). Tuvo un hermano Domingo que vivió largos años con ella hasta su muerte en 1961. Su padre, de primeras nupcias, había tenido otros hijos.
Quizá la diferencia de edad del nuevo matrimonio que contrajo don Porfirio produjo desavenencias en la parentela y lo impulsó a establecerse con su nueva familia, a poco que naciera Irene,  en la ciudad de La Plata, precisamente en la calle 2 Nº 1235 (1º piso) donde la docente permanecerá el resto de su vida.

CARRERA DOCENTE
En la capital provincial, Irene Sofía obtiene el título de Profesora de Enseñanza Secundaria Normal Especial en Pedagogía y Ciencias Afines de la Universidad Nacional de La Plata, título muy extenso al que supo sacarle réditos y que superó con creces a lo largo de su carrera docente y su acción cultural. También era bachiller egresada del Liceo de Señoritas de esa ciudad y maestra.
A poco de su ingreso en la Escuela Normal fue subregente hasta el 1º de octubre de 1941 en que fue designada regente, en calidad de iniciadora, en el Departamento de Aplicación, además de dictar las cátedras de pedagogía y castellano. Fue vicedirectora interina a partir del 23 de mayo de 1944 y titularizada el 1º de abril de 1955, año en que ocupó la dirección interinamente hasta 1956; cargo al que volvió en la misma condición en 1960.
Formó el primer núcleo de "Tardes Culturales", convocando a figuras relevantes de las ciencias, las artes y las letras como Víctor Mercante, Rafael A. Arrieta, Leopoldo Longhi, Alfonsina Storni, Baldomero Fernández Moreno. Estos encuentros se realizaban en la sala del teatro Colón de la Sociedad Italiana. 
Formó el Instituto de Extensión Cultural con figuras representativas y gran número de alumnos de la localidad. Creo el curso de declamación para niños bajo la dirección de Blanca de La Vega y Olga de La Fuente.

EL COLEGIO NACIONAL
El 5 de enero de 1962, ingresó como titular en el Colegio Nacional con 10 horas de castellano en 1º año, cargo con el que substituía a otro notable educador quilmeño, don Alfredo Quebleen Tessieres. Inmediatamente el 11 de marzo fue designada rectora de esa institución, cargo que asumió el 12 de abril,  conservando sus cátedras en la Escuela Normal. Pero al año siguiente, la confusión creada por su fecha de nacimiento (1893 ó 1898) la enfrentó con una decisión fortuita, la jubilación de oficio que le impusieron a partir del 5 de abril de 1963. Si bien Irene S. Rodríguez Garay apeló la medida, después de varios ires y venires se confirmó  la misma y esta docente, a quien sus alumnos apodaban, cariñosamente, "la china Dominga", por su temperamento alegre, afectuoso y predispuesta a dar sus clases con mucho histrionismo, dejó la Escuela Normal, el Colegio Nacional y Quilmes definitivamente. Tenía 65 años de edad (ó 70) y 46 años formando maestros en Quilmes.

CONDICIONES
Terminó su carrera con un 91,17 % de asistencia, lo que demuestra que no la amedrentaban los viajes diarios desde y hacia La Plata. Sus cualidades fueron ampliamente consideradas por sus superiores, destacándose su espíritu solidario. Un documento, que consta en su legajo, detalla la colaboración especial prestada desde el año 1932, hasta el 31 de agosto de 1938; notas tomadas de los libros copiadores: I) Fue felicitada por el acto dirigido en el Instituto de Extensión Cultural. 12/7/32 (Disp. Nº 13. Pág. 215. Nota 273) II) Atendió con carácter ad honorem durante 2 hs. de Física en 3er Año  y 2 en 3º B - 1/10/32 (Cop Nº 13. Pág. 364. Nota 41) III) Colaboró atendiendo 2 hs de Física en 3er Año en reemplazo de la señora de Bianchi. [4] 8/4/33 (Cop. Nº 13. Pág. 173. Nota 97) IV) Fue propuesta en 1 h. de Música en 20 A 31/7/33 (Cop. Nº  14. Pág. 377. Nota 305) V) Fue propuesta en reemplazo de la Sra. de Molina.[5]  9/11/35 (Cop. Nº 17. Pág. 416. Nota 544) VI) Se la designó para atender 6 hs. de Literatura en reemplazo del Señor Carrizo (quien hizo el prólogo de su libro) 9/9/36 (Cop. Nº 19. Pág. 33. Nota 427. VI) Se le agradeció su cooperación desinteresada en las horas del Sr. Carrizo 20/8/37. (Cop. Nº 20. Pág. 392. Nota 474) 
OTRAS OBRAS
 Rodríguez Garay publicó también otras obras. "Ritmos", una compilación de conferencias que dio en varias instituciones de La Plata, Quilmes y Córdoba. Excelente compositora, realizó la letra y la música de zarzuelas de temática infantil: "Soldados", "La princesita Blanca Nieves" y "La princesa Fregona o El Rey Cuervo", una adaptación de cuentos de los hermanos Grimm. Y puso música a zarzuelas infantiles escritas por quien fue el director de la Escuela Normal el profesor Juan Manuel Cotta: "Las dos muñecas", gavota [6]; "Copito de nieve", minueto [7]; "Las madrecitas", canción de cuna, "Avecita errante", zamba y "Sembraremos", canción; obras editadas por Ricordi. Colaboró con el diario "La Prensa" y la revista "Caras y Caretas".   


En el diario “El Sol” del jueves 28 de junio de 1962 le hicieron a la profesora Rodríguez Garay una entrevista que aquí transcribimos:  
EN SU DESPACHO DEL COLEGIO NACIONAL DE QUILMES LA ENTREVISTAMOS.
— ¿Qué impresión puede darnos sobre el Colegio Nacional?
— Existe en el alumnado una juventud encomiable, digna de la dirección que concrete en ellos su verdadero ideal, la formación integral en lo que respecta a su alma, cuerpo y mente. Al joven debe orientárselo, encaminarlo, llevarlo despacio, por sendas firmes de deberes, y responsa­bilidades. Los conocimientos deben suministrárseles en profundidad.
En síntesis formar en ellos la real dimensión de los va­lores y forjar su personali­dad.
Debo agregar que cuento con un personal correcto, responsable, de ellos puede esperarse todo lo que se anhela. Trabajaremos unidos hacia un mismo fin, libre de egoísmos.
ESCAPE A LA ENERGÍA
— Por sobre todo eso. ¿Ha­cia dónde orientará, su acción?
— Para dar escape a la energía juvenil es acertado dejarles un campo fértil y propicio a sus propias iniciativas. La formación de un Club Colegial con propia dirección puede servir a esos fines. Nú­cleos, como el ya proyectado de ajedrez con algún encuentro ganado u otros como el de fútbol, también en marcha.
Otro de mis anhelos será tratar de acercar al Colegio a los egresados, con la for­mación de un Centro de Exalumnos.
También espero unir los núcleos, ahora separados, en uno solo dentro del personal.
Quiero destacar la actitud del alumnado que ha obser­vado perfecta presentación en los desfiles así como la bri­llante actuación del coro. Su disciplina es natural, sin exigencias, todo librado a la propia responsabilidad.
SALUDO A LA ESCUELA NORMAL
Desde mi flamante cargo hago llegar un saludo a mi que­rida e inolvidable Escuela Nacional Normal Mixta “Almirante Guillermo Brown“en el año de su cin­cuentenario.


 Chalo Agnelli
Cristina Secco
Comisión Administradora de la Biblioteca P. P. Goyena
Aportes orales del Prof. Celiar R. Cella
FUENTES 
Archivo de la Escuela Normal de Quilmes. 
Biblioteca Popular Pedro Goyena.
Diario El Sol, jueves 28/6/1962
http://luisalberto941.wordpress.com/

NOTAS
[1] “La Historia de la Editorial Tor reflejada en un libro”:  En 1916 Juan Carlos Torrendell (1895-1961) un catalán que había llegado a la Argentina siendo niño  funda una editorial a la que inicialmente bautiza con su apellido, que se acorta luego a Tor y  se convierte a partir de los años treinta en una verdadera usina productora de libros (cerca de 12.000 títulos entre 1916 y 1971)  que a precios muy accesibles y abarcando los más diversos géneros literarios, significó un notable aporte a la cultura popular argentina. En 1939 lanzó Pif-Paf,  la revista a través de la cual se  difundieron grandes títulos de la historieta americana, en 1940 salieron a la calle las primeras ediciones de Batman, fuera de las estadounidenses Por Carlos Abraham. Ver:  http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4767-2012-08-24.html
[2] César Carrizo, nació en La Rioja en 1889, destacándose como escritor, como catedrático y como periodista. Trabajó varios años en la Escuela Normal de Quilmes. Cuando Rubén Darío dirigía en París su famosa revista Mundial — dice Federico Carlos Sáinz de Robies — Carrizo remitió a ella un cuento denominado “La huerta”, recibiendo no sólo la satisfacción de verlo publicado, sino el espaldarazo consagratorio”. El haber de su obra fue copioso y variado. Entre los títulos fundamentales conviene recordar: “Holocausto”, “El dolor de Buenos Aires”, “Llama viva”, “Perfume de mujer”, “Santificada sea”, “El domador”, “Imagen y jerarquía de Rosario”, “Un lancero de Facundo”, “Una vida ejemplar”, “Imágenes del país”, “Rapsodia viajera”, “Viento de la altipampa”, “Caminos argentino”, “El rastro de los conquistadores”, “La risa del diablo” y “Los hombres de piedra”. Medularmente romántico y apegado a los temas nacionales, Carrizo fue un escritor de gran oficio, que en su época conquistó muchos lectores mediante la fórmula fácil de una construcción dramática de tipo directo, sin complicaciones innovadoras de ninguna naturaleza. Falleció en Buenos Aires en 1950 (por Ariel Ferraro en “Poetas y escritores riojanos”- http://bibliotecamarianomoreno.org) 
[3] En 1872, Hilario Ascasubi publicó en ParísSantos Vega o Los Mellizos de La Flor, extenso poema en el que Santos Vega desempeña el papel de narrador de la historia de los mellizos de Luis y Jacinto. Santos Vega conoce en una pulpería a Rufo Tolosa quien lo invita a su rancho donde le cuenta la historia de aquellos. Poco después, Eduardo Gutiérrez contó a la manera de folletín la historia de Santos Vega y su amigo Carmona, perseguidos por la justicia. Obligado tras leer la obra de Gutiérrez, concibió su inmortal poema "Santos Vega" en 1885
[4] Haydée P. Estrella de Bianchi, profesora secundaria de Física y Química 
[5] Crescencia López Oliveros de Molina. Maestra egresada de la Escuela Normal Mixta de Azul en 1907. Ingresó a la Escuela el 23 de abril de 1912.
 [6] La gavota (gavotta, gavotte, gavot o gavote), originada como una danza popular francesa. Con un compás de 4/4 Ó 2/2 y velocidad moderada, la distinción básica de la gavota original consiste en que las  frases se inician siempre en la mitad del compás, es decir en la tercera nota.
[7] El minueto o 'minué', es una antigua danza tradicional de la música barroca  originaria de la región francesa de Poitou.

domingo, 3 de noviembre de 2013

BUSCANDO A HUDSON ENTRE LOS PÁJAROS DE LONDRES

Guillermo Enrique Hudson según un óleo de William Rothenstein que se conserva en la National Portrait Gallery de Londres.

Recorriendo las páginas de los rotograbados dominicales de La Prensa que recientemente donara don José Ítalo Nonna a la Goyena encontramos algunas notas especiales para este diario sobre nuestro Guillermo Enrique Hudson. Buscando a Hudson entre los pájaros de Londres por María Teresa Maiorana, salió en la edición del 19 de noviembre de 1961. 
María Teresa Maiorana fue precursora de la Literatura Comparada, teoría cuya fundación lleva su nombre. Esta escuela reflexiona sobre los principios teóricos, comparativos, históricos y críticos que sustentan la teoría de la literatura y procura ampliar el campo de reflexión sobre la tradición literaria, sus crisis y transformaciones e interrelacionar de manera crítica todos estos conocimientos. Maiorana es autora entre otros libros de: “Rubén Darío y el mito del Centauro” (1961), “Cuatro estudios de literatura comparada” (1964),  “Ophelie, Millais et Trois Ecrivains de France” (1969) editados por L'amitie Guérinienne. 
Esta literata fue una reputada colaboradora de los rotograbados de La Prensa. Aquí reproducimos su artículo sobre Hudson para agregar nueva bibliografía y nuevas particularidades del escritor de “El vendedor de bagatelas”, obra que recién reeditara “Buenos Aires Books”, presentado en la feria del libro de Berazategui. Chalo Agnelli

La "cuadriga" de Hyde Park Corner.
“Buscando a Hudson entre los pájaros de Londres”

Para el viajero que llega del “continente”, Londres reserva una impresión singular de dinamismo pujante, avasallador. Ante esa riqueza de vida aparente y oculta se da la paradoja de medir mejor la insignifican­cia de la propia existencia individual, de sentirla anulada y, al mismo tiempo, cobrando cabal conciencia de su valor humano, de su capacidad de superar las cosas por el entendimiento. En ese doble engranaje nos lanzamos esta mañana de domingo, en esta ciudad tremenda, a buscar algo tan ingrávido, tan leve como un “santuario de pájaros”, el monumento erigido a la me­moria de quien aquí se sintió también viajero - ¿no declaró acaso morir cuando dejó la pampa? - para dedi­carse a seguir, por encima de la altura de los hombres, la vida que cruza el cielo.
El itinerario obliga a pasar por Saint James’s Park [1] y nos depara así la sor­presa de un espectáculo que se aviva en la luz dorada, de amable tibieza. Los zoológicos modernos presentan a sus animales “como en libertad”, pero los seres felices que habitan este predio lo están realmente. Legado prodi­gioso de un rey de gusto exquisito y de cuantos supieron mantenerlo intac­to venciendo las dificultades apareja­das por los cambios de costumbres e ideas.
En este hilo de agua, en estas islas pequeñitas que alzan inextricable ma­raña de follaje, vive gran número de aves acuáticas. Con la desenvoltura que da la independencia entrecruzan de una orilla a otra las líneas de sus vuelos, desaparecen en el fino rayado de los juncos, se internan entre las frondas tupidas. Junto al borde, letre­ros y diagramas indican los rasgos capaces de identificarlas y atribuirles sus nombres. Resulta apasionante el cotejo de los datos con el pájaro mis­mo que se acerca a veces como de intento, hasta su propia descripción. Pero buscamos en vano ciertos ejem­plares, ninguno de cuantos halagan nuestra vista en este momento, respon­de a determinadas referencias.
Hechizados por la gracia de los mo­vimientos, por la belleza y variedad de formas y colores, preferimos dejar de lado todo conocimiento erudito para dedicamos de llenó, en beatífica igno­rancia, al encanto puro de la contemplación. Chapuzones, seguridad elegantísima de evolución en el agua, donde apenas un rizo denuncia las patas su­mergidas; sombras que se deslizan en lo hondo para emerger después ines­peradamente allá lejos, con una sacu­dida, cuando aquí cerca recompuso ya el cristal su quebrada trasparencia. Plumaje donde la gama de los irisados rivaliza con los tonos llenos, garbo de­licadísimo de una cabeza, de un pico, de todo un cuerpo esbelto cuando sur­ca la corriente, de graciosa pesadez fuera de ella. Ganas dan de inmovili­zarse olvidando cuanto no sea esta vida colmada de armonía… Cerca de ella se demoraba también Hudson en sus paseos por la ciudad y guardan sus libros recuerdos de sus andanzas y observaciones. Nos alejamos, pues no es dable retardar más nuestra ida a Hyde Park.
[...]
Llegamos al Dell, donde acaba el Serperttine. Aquí contemplaba Hud­son a los trabajadores que se acerca­ban a los pájaros durante los meses de verano. Debió ser la misma luz, muy parecido cielo y, bulliciosos como los de hoy, los gorriones de entonces debieron alborotar a ratos buscando como éstos el sustento. Seguimos el curso del arroyo. Pintorescos puentecitos, árboles altísimos de follaje vapo­roso, esfumado; otros, de follaje tupido y líneas netas. Todos los verdes se escalonan y se mezclan dándose recípro­co relieve, haciendo resaltar por vecindad y por contraste su peculiar ma­tiz. Los céspedes extensos dilatan sus manchas claras. Algo de nuestro Palermo, el de antes...
Nueva consulta al plano para no equivocar la ruta: el monumento a Hudson figura hacia el centro de Hyde Park. Preguntamos. Sí. Coinciden las respuestas, vamos por buen camino. Pero una vez en el lugar donde, se­gún todos los datos, ha de estar ubi­cado el monumento, no damos con él.
Inesperada contradicción: los tran­seúntes interrogados ahora no conocen el Hudson’s Memorial y nada saben de algo por aquí que pueda referirse a él. En un vasto espacio ceñido por es­peso seto se adivinan amplias construc­ciones. No puede ser esto. Retrocedemos hasta hallar más lejos, en un claro, una oficina de policía. Pero na­die acude a los sonoros campanilleos de nuestros timbrazos, casi violentos en el silencio. Detrás de una ventana abierta, junto a un escritorio, un perro enorme nos mira con displicente dis­gusto y vuelve a su sueño aunque su actitud exterior, levemente rígida, de­nuncie atención vigilante. Nuestro desconcierto crece, y con él un principio de fatiga, pues no han dejado de repre­sentar camino considerable estos recorridos frustrados.
Desalienta sobre todo no saber qué hacer ya, a quien acudir... De pron­to - no adivinamos de dónde - surge un policía y viene a nuestro encuen­tro. Figura altísima. Entre la sombra del casco y el barbijo, un rostro de niño, sonrosado y rubio. “¿El monu­mento a Hudson? - repite lentamente reflexionando - Hace algún tiempo es­tuvo un argentino que también buscaba la estatua de Hudson, pero aquí no hay ninguna estatua”. 
Aclaramos de inmediato. Somos tam­bién argentinos y buscamos, como nuestro compatriota, el monumento a Hudson, pero no una estatua sino un “santuario para pájaros”. “Allí está”, nos indica con gesto seguro, señalando hacia el seto. “Pero de allí venimos y no hemos encontrado nada”. “Detrás - insiste - hay una entrada, allí está el santuario”. Agradecemos y, dóciles aunque no del todo convencidos, nos encaminamos de nuevo hacia el lugar. Y ahora, en efecto, hallamos, un tanto disimulado por la concavidad mis­ma, el santuario
Obra escultórica de Jacobo Epstein que recuerda a Hudson en el Hyde Park de Londres

EL SANTUARIO QUE RECUERDA A HUDSON 
Amplio semicírculo ocupado por una fuente rectangular a la que otras dos dan flanco; frontera, una gruesa placa de piedra puesta de canto ostenta el altorrelieve. Finos hi­los de agua brotan del borde donde figura la inscripción: “Este santuario para pájaros está dedicado a la me­moria de W. H. Hudson, escritor y naturalista”. Entre varios arbustos me­nores, dos árboles corpulentos, como amables centinelas. Fina barrera me­tálica prohíbe todo acercamiento, sólo los pájaros, seguros de su dominio privado, van y vienen deteniéndose en la orilla del estanqué somero. Alguno be­be delicadamente en el chorro cristali­no, con grititos de gozo, sin interrum­pir el vuelo.

La obra de Epstein, [2] que hasta “me­reció” el alquitrán denigrante de un exaltado, reproduce a Rima, la de “Mansiones ver­des”  [3].
Personalmente, hubiéramos ima­ginado muy distinta a la heroína de este libro cuyo conjunto se nos figura como un haz de sol atravesando la fronda da una selva, pero entendemos la rigurosa plástica de esta represen­tación. Rima ha perdido su ligereza etérea para encarnar la fuerza vegetal a la que el amor da impulso inconte­nible hacia lo alto. En el decidido ara­besco en diagonal, los brazos de la mujer, su estilizada cabellera son alas alzándose de un árbol simplificado: su propio cuerpo. Los pájaros que la ro­dean parecen más estáticos que ella misma aunque todo el conjunto se exal­ta en tensión de vuelo. Figuras de es­cueta síntesis en armonía de espacios y volúmenes. Contradictoria alianza de finura y tosquedad y un trabajo de planos ante el cual resulta inevitable la evocación de Bourdelle. [4] 
Dos fechas: el nacimiento (1841) y la muer­te (1922) de Hudson. Nada más. ¡Qué honda poesía, cuánto sentimiento de belleza y de arte para lograr esta sencilla con­junción en la cual los pájaros en li­bertad animan la piedra y el agua con la gracia infinita de la vida! Por su sortilegio, de este lado del mar, tan remoto de lo nuestro, revivimos de pronto en este parque londinense las descripciones de Hudson, sus correrías, sus inmovilizaciones de observador atento, su sensibilidad de inigualada vibración...
Es domingo, y a pocos pasos, las pa­rejas han invadido el césped... Pero nosotros estamos muy lejos, entre las matas de oxipétalo rosado, bajo los gritos de los teros, frente a la pampa, toda cielo... (Ana María Maiorana)
En la analepsis final Maiorana cae en la nostalgia, a pesar de la magnificencia del lugar,  y la inmensidad pampeana que no murió en Hudson, pero murió él, porque ¿no declaró acaso morir cuando dejó la pampa?,  y surge en la autora frente al sobrio santuario de las aves. 
Chalo Agnelli
Compilador y bibliógrafo

NOTAS



[1] El terreno sobre el que se asienta el parque de St James fue adquirido por Enrique VIII en 1532. En este sitio, se construyó el palacio de Saint James. Carlos II abrió el parque al público. A lo largo de los siglos, el parque fue utilizado como Zoo Royal. En la década de 1830, John Nash rediseñó y revitalizó árboles, prados y jardines. Si bien la nota fue escrita hace 52 años atrás aún hoy el parque ofrece un hábitat para una gran variedad de especies de fauna y el lago es hogar de 15 especies de aves acuáticas, como pelícanos. 
[2] Sir Jacob Epstein (1880- 1959) fue un escultor estadounidense nacido que trabajó principalmente en Gran Bretaña. Estudió en París, donde fue alumno de Auguste Rodin. Es el autor de la tumba de Oscar Wilde en el cementerio Père Lachaise.
[3] Publicada originalmente en 1904, “Mansiones verdes” no sólo es una extraordinaria meditación sobre el universo de la selva amazónica, sino también una historia de amor entre una india llamada Rima y Abel, un aventurero venezolano que huye de una fallida conspiración para derrocar al gobierno de su país. Admirado por maestros como Joseph Conrad, Jorge Luis Borges, Virginia Woolf o Miguel de Unamuno, Hudson es sin lugar a dudas el mayor escritor de la naturaleza y su obra enlaza el espíritu romántico con el interés actual por el medio ambiente y la ecología. 
[4] Émile Antoine Bourdelle (1861 – 1929) fue uno de los escultores franceses  más destacados de la Belle Époque y antecedente de la escultura monumentalista del siglo XX


DONACIÓN DE JOSÉ ÍTALO NONNA: ROTOGRABADOS DE LA PRENSA

En este mundo donde pareciera que todo está superado por la cybernética, por la televisión con su decadencia farandulera y su tremebunda agenda noticiosa y por las llamadas "redes sociales" (que enredan e insocializan), donde los libros no tiene estantería ni la historia (la que no sea de partido) tiene razón de difusión, aún hay quienes se comprometen con la letra escrita y buscan resguardo para lo que una vez fue el mayor instrumento difusor de educación y cultura, entre otras muchas cuestiones, que gestó la humanidad, el periodismo
Edificio de La Prensa en Avda. de Mayo
Mal que nos guste o nos pese a algunos, el periódico argentino La Prensa tuvo una época relevante en la transmisión de los elementos más significativos de la Cultura Nacional. Fue fundado por José C. Paz en 1869 (el 18 de octubre de ese año tomó la calle el primer número), un estanciero, político, diplomático que devino en periodista, representante de la Generación del Ochenta. Su línea editorial representaba la voz de la familia Gainza Paz y las ideas del liberalismo y el "conservadurismo"; durante la "década infame" (1930-1942) apoyó la política represiva establecida por los militares a partir del golpe contra el presidente Yrigoyen; así y todo alcanzó a ser el más importante medio de prensa argentino durante la primera mitad del siglo XX.
Modelo de ejemplar del rotograbado o huecograbado con su color típico
Como difusor de cultura este medio a través de lo que se llamó el suplemento (sección segunda) "rotograbado", en todos los estamentos, niveles o parámetros, podemos demostrar y esclarecer los bibliólatras de la Goyena que nada quedó afuera; posibilidad que nos da la generosa donación que hizo el amigo - ya quilmero - don José Ítalo Nonna, historiador, él también, fotógrafo, ex presidente del Club de Planeadores de Quilmes, una figura que no pasó desapercibida en la historia local.
Efectivamente Nonna hizo a la Biblioteca Popular Pedro Goyena la donación de una valiosa y numerosa colección de rotograbados del periódico La Prensa que engrosa y enriquece nuestra hemeroteca.
 
 José Ítalo Nonna
ROTOGRABADO
Hagamos un poco de historia para los estudiantes de Ciencias de la Comunicación. El rotograbado, más precisamente llamado huecograbado, es una técnica de impresión en la cual las imágenes son transferidas al papel a partir de una superficie cuyas depresiones contienen tinta, a diferencia del grabado tipográfico, en el que la impresión se realiza a partir de una superficie plana cuyas líneas entintadas están en relieve. 
Este sistema de impresión perdió terreno en algunas áreas de aplicación a manos del offset y la flexografía. Usado habitualmente en la de edición de libros y revistas de gran tirada, tiene como particularidad que la forma impresora es en bajo relieve.
La matriz impresora típica del huecograbado es el cilindro de impresión, básicamente de hierro con una capa de cobre sobre la que se grabará el motivo a ser impreso y una capa de cromo que permite una mayor resistencia o dureza durante el proceso de impresión (la capa de cobre es muy frágil y se rompería con gran facilidad durante el proceso).
Los procedimientos de grabado en hueco se clasifican, según el método de actuación del grabador sobre la plancha, en procedimientos de grabado directo, en los que la imagen sobre la plancha se consigue realizando incisiones sobre el metal con diferentes materiales, como: buril, punta seca y media tinta; y procedimentos de método indirecto: aguafuerte, aguatinta, barniz blando, tinta china con azúcar, etc.; en los que se utilizan productos químicos, generalmente ácidos, para marcar la plancha.
Se denomina grabado a la incisión de pequeñas oquedades, encargadas de transferir la tinta en la capa de cobre. El sistema de grabado más extendido actualmente es una cabeza de diamante, dirigida desde un ordenador, que se encarga de grabar la figura que se transferirá posteriormente al impreso mediante repetidos golpes. Cada cilindro tiene diferencias en su grabado que dependen del color y de la imagen que debe transferir. Estas diferencias se ven reflejadas por la lineatura, el ángulo de grabado de la trama y el porcentaje de puntos.
La prensa rotativa imprime directamente a partir de un cilindro de cobre tratado con ácido y que utiliza una tinta al agua de secado rápido. A medida que gira el cilindro pasa a través de un baño de tinta y es raspado posteriormente por un fleje de acero llamado racleta, dejando de esta forma la tinta sólo en los pozos del área con imágenes. De este modo la tinta es absorbida por la superficie del papel cuando entra en contacto con la placa.
Un original, para ser impreso, se descompone en los cuatro colores: sian, magenta, amarillo y negro. Para cada uno de los colores se utiliza un cilindro de impresión, encargado de transferir al soporte la tinta correspondiente. La suma de cada uno de los colores da como resultado final la imagen del original y ese tono que podríamos reconocer como "marrón-sepia" tan típico que tuvo la llamada "sección segunda" del La Prensa, que se entregaba todos los domingos con el diario.. 
La tinta es transferida al soporte impreso en el proceso de pasaje entre el cilindro de impresión y el cilindro de contrapresión. El soporte pasa inmediatamente por un túnel de secado, donde se inyecta aire caliente a presión, que evapora los solventes contenidos en la tinta dejando un residuo que se compone básicamente de una resina, encargada de fijar los pigmentos al soporte y que dan color al impreso y otros aditivos como plastificantes y endurecedores.

EL ROTOGRABADO EN LA GOYENA
A partir de esta comunitaria gentileza del señor José Italo Nonna EL QUILMERO EN LA GOYENA comenzará a publicar en esta página de blog aquellas notas que tengan mayor relevancia y representatividad en nuestra zona de influencia. Las primeras referirán a Guillermo Enrique Hudson y al Quilmes de los 300 años, según la letra del profesor Juan Carlos Lombán que fue un consecuente colaborador de este suplemento dominical.
 
Fernando San Martín, José Ítalo Nonna, Néstor Almuina y Chalo Agnelli en FM Elit 97.1

Chalo Agnelli
Bibliógrafo

FUENTES
http://es.wikipedia.org/wiki/Huecograbado