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viernes, 29 de enero de 2021

"RIQUELME" EN LA LITERATURA ARGENTINA POR JUAN SASTURAIN

 

No es la primera vez que Riquelme ocupa tanto espacio y tanto tiempo en la prensa gráfica, oral y televisiva. Ni va a ser la última. Como el genial Droopy del no menos genial Tex Avery,[1] aparece en todas partes, se multiplica. No es tan frecuente, en cambio, que Riquelme transite por los pasillos de nuestra literatura. Uno secretamente aspira a que un texto como Lo pisado, pasado, que escribimos alguna vez ante la inminencia de su partida al exterior, sobreviva aunque sea en la memoria de unos pocos futboleros romanistas y en los márgenes del corpus literario. Pero no es seguro, para nada.

Sin embargo, rebuscando – aunque no mucho y de memoria – en la infinidad de relatos que saturan los estantes de cualquier biblioteca de narrativa argentina, se encuentran pruebas (aunque pocas) contundentes de que (el apellido) Riquelme ha dejado huella, marca, pisada importante en nuestra narrativa. Y es, como no podía ser de otra manera, una marca rara, extraña.

Por ejemplo, no resulta novedad para los estudiosos y frecuentadores de nuestra mejor ficción que “Marta Riquelme” es un caso singular. Sobre todo porque se han escrito dos cuentos con ese nombre/título, muy diferentes entre sí, pero emparentados en origen.

 EL PRIMER “MARTA RIQUELME” es uno de los cuatro que componen el volumen “El ombú y otros cuentos” (1904), publicado por William Henry Hudson en inglés y traducido luego al castellano, como toda la obra que el hijo de yanquis criado en Quilmes escribió sobre sus experiencias argentinas una vez emigrado y radicado en Inglaterra, donde murió viejito y sin volver jamás. El cuento del autor de “Allá lejos y hace tiempo” es una de las tantas lúgubres versiones de la leyenda norteña del kakué (o kakuy o cacuí), el pájaro nocturno de canto lastimero y a menudo aterrador, que se supone metamorfosis de una mujer desgraciada en queja sempiterna. En el relato de Hudson, ambientado en Yavi (Jujuy) durante la época de Rosas y narrado por Sepúlveda, un joven y perturbado jesuita cordobés, la mujer devenida (en su presencia) chirriante pajarraco tenebroso es la joven, bella y agra/desgraciada Marta Riquelme, y el cuento, su historia de terribles sinsabores, que incluyen el abandono, la cautividad, la violación, la acusación de brujería. Da miedo y lástima, como debe ser.

CASI MEDIO SIGLO DESPUÉS, el habitual ensayista y ocasional narrador Ezequiel Martínez Estrada escribió otro notable relato, casi una nouvelle, con el mismo nombre/título, pero que en apariencia nada tiene que ver con aquél. Publicado en un volumen de 1951 junto a otro cuento, “Examen sin conciencia”, fue reeditado como Marta Riquelme, a secas, en 1956. Cabe aclarar que el autor del clásico “Radiografía de la pampa” había escrito en los años ’40 un libro entrañable, El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson, en el que pasaba revista a vida y obra del autor, y conocía muy bien toda su producción. Así, la filiación entre ambos textos puede encontrarse no en el argumento sino en dos o tres alusiones y referencias indirectas a la fuente que aparece a lo largo del relato.

EL MARTA RIQUELME DE MARTÍNEZ ESTRADA es un cuento original y complejo, que la crítica actual ha revalorizado por la atención que pone en la materia textual, el objeto mismo de la actividad literaria: la escritura. El relato se presenta como el prólogo y la introducción explicativa a las inabarcables Memorias manuscritas de Marta Riquelme (casi dos mil páginas de dificultosa lectura, improbable ordenamiento y dudosa decodificación) escritas en la década del ’30, entre sus doce y veinte años. El cuento/prólogo narra las vicisitudes del inmenso manuscrito, las peripecias del prologuista (que se identifica con el mismo Martínez Estrada) y hace múltiples referencias a su enigmático, desordenado y a menudo escabroso contenido. Las Memorias – que nunca conoceremos, claro – cuentan los avatares inverificables de generaciones de una familia proliferante, de un pueblo (Bolívar) sin fin, y de una casa con un árbol central (el magnolio) que alberga personajes, situaciones e historias de equívoca perversión de las que la doncella y escriba deja testimonio.

NO HAN FALTADO, para esta original Marta Riquelme de Martínez Estrada lecturas críticas que hacen llegar su influencia y resonancia formal hasta algunos clásicos de la narrativa latinoamericana de los ’60, como “Rayuela” y “Cien años de soledad”. Nada menos. Sin embargo, el personaje literario (de apellido) Riquelme tal vez menos famoso pero acaso más interesante de la literatura argentina es otro. Y también protagoniza un cuento en el que hace de muerto, de asesinado. Vale la pena recordarlo.

Como ya hemos contado alguna vez, en abril de 1953 el joven Rodolfo Walsh publicó en la colección Evasión de Editorial Hachette la antología “Diez cuentos policiales argentinos”, primera del género en el país. Allí, junto a Borges, Bioy, Peyrou, Jerónimo del Rey – seudónimo que ocultaba al cura Castellani –, el propio Walsh y otros menos conocidos cultores del policial aparecía Facundo Marull, cuyo relato elegido, “Una bala para Riquelme”, había ganado el concurso de la revista Vea y Lea dos años atrás.

MARULL – poeta y rosarino, por lo que sabemos – no ha dejado mucha obra dentro del género, pero su ingenioso relato –breve, barrial y barroco– no es de los que se olvidan: tiene originalidad, clima y estilo. Aquel literalmente pesado Riquelme del cuento es muerto en el café tras muchos disparos y aparatoso desparramo. Hay varios candidatos pero, como siempre en estos casos y en este tipo de historias, hay alguien, uno que disparó. Y determinarlo es fundamental: quién mató a aquel Riquelme.

Futbolero, hincha de Boca, amante del juego más hermoso, pertenezco al club de los admiradores (casi) incondicionales de este Riquelme, Román, modelo de jugador en todos los sentidos y rara avis de una especie de personajes genuinos en vías de extinción: los que no transan, los que no se agachan, los que viven y acaso mueran con la suya, que es la nuestra. No sé cómo terminará finalmente la historieta que satura las páginas y las pantallas. No importa, aunque quisiera verlo jugar siempre con la diez y en la Bombonera. Pero sin duda que, sea como fuere, me gusta – neurótico, ciclotímico, oscuro en su transparencia – el hecho de que no cambie el discurso, que no se baje los lienzos, que no les regale nada a las diferentes formas o modulaciones del Poder (de los medios y su puterío interesado, de los dirigentes-dueños y sus intereses, de la AFA & Asoc. con la Selección incluida) y que siempre ponga el eje (de la discusión, del juego) en el lugar correcto.

La literatura argentina – y acaso la Argentina a secas – necesitan personajes como éste.

JUAN SASTURAIN

PÁGINA 12 - Lunes, 26 de julio de 2010

NOTA

[1] Tex Avery (1908-1980) fue un dibujante y director estadounidense, creador de los dibujos animados: McLobo, la Ardilla Loca, Porky, Bugs Bunny, Droopy, etc. Su influencia se extiende a casi todos los estudios desde los años 40 y 50 hasta la actualidad.

 

jueves, 17 de octubre de 2019

AURORA, UNA ÓPERA ITALIANA LE CANTA A NUESTRA BANDERA


De “Palabras con historia”

Más de un siglo atrás, un lejano 5 de septiembre de 1908 nace, en lengua italiana la ópera «Aurora» - primera ópera nacional canta­da en el Teatro Colón - el día mismo en que abre sus puertas a la historia el magnífico coliseo argentina.



                             Prograna de la funcuión inaugural del Teatro Colón
 LA BELLA NIÑA Y EL SEMINARISTA
La pieza musical interpretada en el acto inaugural del teatro es la respuesta a una propuesta nacida en 1906, desde el gobierno argentino. Es presidente el cor­dobés José Figueroa Alcorta y se le en­carga al músico Héctor Panizza, un com­positor y destacado director de orquesta a nivel universal, nacido en Buenos Ai­res, la creación de una obra que sirva para exaltar los ideales patrióticos pensando ya en los festejos a organizar ante la no muy lejana celebración del Centenario de Mayo.
                           Tenor Amadeo Bassi, en el rol de Mariano

 El argumento sugerido al músico alude a un hecho dramático acaecido du­rante los sucesos de mayo de 1810 y tie­ne como escenario el Convento de la Com­pañía de Jesús, en Córdoba, según lo na­rra en un relato el escritor local Héctor Cipriano Quesada.
En el sacro convento transcurre la historia - de amor y trágica, como corres­ponde a toda ópera - entre Aurora, la hija del Gobernador y Jefe realista en la ciu­dad mediterránea, Ignacio del Puente, y Mariano, un joven y fogoso seminarista, patriota y rebelde, activo defensor de la causa independentista.
 
Tenor Tita Ruffo, en el rol de Ignacio del Puente
Un escritor italiano Luigi Illica es el encargado de volcar la historia en el guión sobre el que se apoyará la música de Panizza, artista formado en el presti­gioso Conservatorio Giuseppe Verdi, de Milán, ciudad en la que el argentino trans­currió parte de su vida, alternando con residencias en Buenos Aires, Rosario y Génova.
Siguiendo con la tradición operística, la obra debía llevar el nombre de la prota­gonista femenina y, en este caso, Aurora, nombre de la heroica protagonista signi­fica también, metafóricamente, la albora­da a la que se asoma la independencia nacional.
Mariano, el enamorado seminarista, al final del 2o acto y momen­tos antes del amanecer, entona un saludo «a la aurora que surge en el cielo de la Patria...», observa la figura de un «aquila»[1] que planea en lo alto y, en el «azzurro»[2] la imagina bandera.
El aria -interpretada en el debut por el tenor italiano Amadeo Bassi- emociona profundamente a los espectadores que reclaman un bis inmediato, exigencia que se repite en las sucesivas representacio­nes posteriores.
El fragmento musical queda allí señalado como la «Canción a la Bande­ra», aunque luego, simplemente, se la co­noce como «Aurora».
Cabe señalar, en el aspecto histó­rico, algunos errores cronológicos: la ac­ción es ubicada en un Convento jesuítico en 1810, cuando ya en 1767 los religiosos de la Compañía de Jesús habían sido ex­pulsados de estas tierras y, mal podría rendirse homenaje a la Bandera, cuando ésta recién es creada por Belgrano en fe­brero de 1812. Sí aparecen, en el desarro­llo de la trama, personajes históricos pun­tuales, como Santiago de Liniers y Mar­tín Miguel Güemes.
Por aquellos años la cultura argen­tina entera se ufanaba de ser europea, por lo que no causó asombro la adopción para inaugurar un teatro lírico, de una ópera en italiano, sin el menor atisbo en su me­lodía de aires criollos, ni siquiera america­nos.
AMANECE LA TRADUCCIÓN
Promediando el siglo XX y en re­organización el país tras la Revolución del 4 de junio de 1943, que derroca a Ramón S. Castillo, presidente constitucional, ocupa el sillón de Rivadavia el general Edelmiro J. Farrell. A su lado, como vice­presidente, el coronel Juan D. Perón.
Los principios nacionalistas de las autoridades en ejercicio son, quizás, la principal razón para encomendar la traducción de aquella obra musical que ha­bía dado origen -más de treinta años antes- a una canción patriótica surgida de un aria de la ya difundida ópera «Auro­ra».
Se le encomienda la tarea a Josué Quesada, letrista hijo de Héctor Cipriano Quesada autor del relato tomado como inspiración para la obra original y a Án­gel Pettita, compositor y poeta.
El resultado de la traducción - di­fícil para sostener la métrica y la melodía - no responde acertadamente al sentido pri­mario de los versos originales, no obs­tante lo cual es presentada oficialmente - también en el Teatro Colón-en la celebra­ción del 9 de Julio de 1945, con la presen­cia en la sala del Presidente y el Vicepresi­dente de la República.
La nueva poesía es aprobada por un público exultante y fervoroso, que pre­mia con aplausos entusiastas el vuelo de aquella águila guerrera, desconocida via­jera de nuestro cielo, que pronto pasa a convertirse, por decreto, en la canción oficial a interpretar en el momento de izar la Enseña Nacional, en los actos públicos y en todos los establecimientos escola­res del país.
La belleza de la melodía ha prevale­cido y aquellas voces argentinas que com­partieron el feliz advenimiento, a coro, saludan a la aurora que engalana el firma­mento, allá en lo alto.
DE LA PATRIA MÍA
Juan Sasturain, periodista y escritor argentino analiza el texto y busca explicaciones. Señala que la canción habla de un “águila guerrera”, ave antidemocrática (si las hay) y que no existe en el país, como tampoco existe en castellano una “aurora irradiale”, significando con la expresión la aureola de rayos del amanecer que, así como ilumina las cabezas de los santos, ilumina al águila. Desglosa de la misma manera otras expresiones tales1 como “il rostro d’or punta de freccia appare”[3] y califica de delirio traducir como purpu­rado cuello” la frase “il teso eolio e forma stelo...» [4] (Página 12 – 10/11/2008)
Alta en el cielo un águila guerrera,
audaz se eleva en vuelo triunfal,
azul un ala del color del cielo,
azul un ala del color del mar.
Así en la alta aurora irradial,
punta de flecha el áureo rostro imita
y forma estela al purpurado cuello,
el ala es paño, el águila es bandera.
Es la bandera de la patria mía
del sol nacida que me ha dado Dios;
es la bandera de la patria mia,
del sol nacida, que me ha dado Dios;
es la bandera de la patria mía,
del sol nacida que me ha dado Dios.
H. Panizza Traducción: H. C. Quesada y A. Pettita
de “Palabras con historia” Año 16 – N° 185, junio de 2019-08-03 Graciela Linari
NOTAS

[1] Aquila: águila
[2] azzurro: azul
[3] rostro d’or punta di freccia appare: pico de oro aparece como punta de flecha...


[4 il teso eolio e forma stelo: el alargado cuello (del águila) forma el asta (que sostiene la ban­dera.

viernes, 31 de mayo de 2019

"PALABRAS CON HISTORIA" AÑO 16 - N° 184 - MAYO DE 2019

FOTO DE TAPA: De derecha a izquierda, el presidente de la Nación Dr. Arturo Illia, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Dr. Anselmo Marini y el intendente municipal Sr. Ernesto Scrocchi, durante los actos celebratorios del 75° aniversario de la creación del Partido de Florencio Varela (Doto Archivo "El Varelense")
*PALABRAS CON DESPOJO. Amigos de lo ajeno destruyeron importantes archivos históricos
El viernes 26 de abril de este año 2019, en horas de la noche, tomé conocimiento de que una casa de mi propiedad había sido ocupada por intrusos (un hombre, dos mujeres y niños). En la propiedad, vivienda familiar de Romeo Rosselli y Graciela Linari, funcio­naban la sede de un partido político, oficinas de Defensa del Consumidor y de una abogada que realizaba trámites en forma gratuita para personas de escasos recursos. 
Los usurpadores procedieron a vaciar los muebles existentes, destruyendo, volcando en un patio - a la intemperie - y arrojando a la calle ropa, libros, carpetas documentos, fotografías y publicaciones conservadas en el lugar, que constituían un precioso material tanto del archivo de la revista “Palabras con historia”, como del archivo gráfico de “El Varelense” y del Archivo de la Imagen y la Palabra, tareas desempeñadas oportunamente por los propietarios de la vivienda.
El despojo resultó en la destrucción de un material valioso, recopilado por más de 40 años por ambos periodistas y abre un vacío documental imposible de recuperar.
Además, en su ignorancia, los usurpadores destruyeron valiosos ejemplares de libros, por ejemplo una antigua edición de la Historia Argentina de Vicente Fidel López, encuadernada en cuero; varios volúmenes, también añejos, de la Summa Artis, la Historia del Arte” de José Pijoan o el añoso “Buenos Aires desde 70 años atrás”, de José Antonio Wilde. También, colecciones de ejemplares de antiguas publicaciones locales que permitían reseñar una historia del periodismo varelense.
Al destruir la documentación del partido político pusieron en evidencia su brutal desprecio por la vida en democracia y, al desaparecer los archivos de la aboga­da, arrojaron al canasto testimonios de gestiones iniciadas por vecinos para resolver problemas en forma legal.
Ignorancia, brutalidad, soberbia puestas de manifiesto por un grupo de per­sonas que rompieron puertas, destruyeron y desaparecieron muebles y equipos de sonido e improvisaron dormitorios en casa ajena para, finalmente - por acción de una justicia que actuó diligente y rápidamente - ser expulsados y pasar a explicar sus accio­nes ante la Policía local, que se hizo presente en respaldo de la decisión de la Fiscalía de tumo. 
Queda ahora el sabor amargo de la intrusión, de la violación de un domicilio en el que sólo había testimonios del trabajo qué, desde 1976, habían desarrollado en el lugar Romeo Rosselli y Graciela Linari, y de la apacible vida familiar que ambos perio­distas y sus hijos habían compartido allí.
Personalmente, agradezco a los profesionales intervinientes, a los responsa­bles de la Fiscalía N° 6 y al personal de la Comisaría 1o, por haber respondido sin demora ante nuestra denuncia, permitiéndonos recuperar un bien adquirido con el esfuerzo y el trabajo de muchos años. 
Con dolor, sufrimos al ver la propiedad mancillada por inadaptados amigos de lo ajeno. Intentaremos olvidar el agravio y limpiar de esta mancha los mejores recuer­dos de nuestra vida en esa casa. La del techo de tejas, el jazmín amarillo desbordando el muro de la esquina y los ceibos al frente, escenario de una vida con amor, de padres e hijos, de abuelos y nietos. Graciela Linari
NUESTRA "NOTRE DAME 
«Todas las miradas se dirigían a la parte superior de la Catedral... por encima del rosetón central había una gran llama que subía entre los campanarios con turbillones de chispas, una gran llama revuelta y furiosa...» 
Así describe Víctor Hugo (1802 - 1885) en el prólogo de su libro «Nues­tra Señora de París» (conocido como «El jorobado de Notre Dame»), un in­cendio en la centenaria iglesia parisina. 
Siglos después, meses atrás, el fuego que la dañó seriamente, fue visto por el mundo entero.
Aquí, en este distrito del Gran Buenos Aires, una pequeña capilla, soli­taria en medio del campo agreste, que no lucía campanarios ni rosetones, ardió sin testigos, hace diez años. Las lenguas de fuego abrasaron las paredes de ladrillos viejos, amasados en barro, y las ancianas tejas llegadas de Francia más de siglo y medio atrás. 
Las llamas, avanzando sobre el maderamen que las sostenía, pronto lo redujeron a cenizas y escombros.
Más de seis siglos separaban aquel monumento gótico europeo, testigo de grandes hechos de la historia universal, de esta recatada iglesita que, sin oropeles ni vitrales, dio origen a la libertad de culto en el país.
Allá, a orillas del Sena, la sombra altiva de Napoleón coronado; acá, el fervor de los pastores, desafiando soledades y distancias, para llevar la Pala­bra a través de la pampa extensa
Fue Víctor Hugo, también, quien propuso conservar dos monumentos antiguos mientras esperamos la construcción de otros nuevos”. 
Aquí, a años luz de aquella «Notre Dame» soberbia incendiada, antes y ahora, cabe el interrogante: ¿reconstruir una «Notre Dame» moderna, que deje traslucir en su estructura y en su estética la evolución de la historia de sus ocho siglos y medio de vida, apelando a tecnología sofisticada?
¿O debe seguir siendo una réplica del original? 
En Francia, «Notre Dame» es un símbolo.
En Florencio Varela -en la provincia de Buenos Aires, en la República Argentina- la Capilla Saint John (San Juan), es apenas un recuerdo, derruido y abandonado, de una historia que fue y ya no es.
No se la ha reconocido como símbolo; ni aquellos presbiterianos que la fundaron -y la abandonaron - ni aquellos otros que, feligreses de otros cultos, la ignoraron. No era la más alta, ni la más amplia, sí era la más vieja de ese culto en la Provincia.
Las iglesias - como algunos otros edificios - son pensados como monu­mentos que deben trascender a su tiempo, no para asegurar su inmortalidad sino, más bien, para preservar lo intangible: el contenido silencioso de un cre­do, la Palabra. Del Dios que sea. 
Otro genio de la Humanidad, éste músico, Gustav Mahler, acuñó una frase que cobra sentido frente a esos hechos: «La tradición es mantener la llama, no adorar las cenizas».
Otra llama, esa que no quema sino que enciende el espíritu de cada ser humano y trasciende la materia.
Allá, en París, planifican obras; aquí, en Florencio Varela, lloramos ce­nizas y escombros. 
*PALABRAS CON HOMENAJE Sebastián Campos, bombero, hay una calle para recordarlo.
*PALABRAS EDITORIALES Centenario, Doña Flora, una mujer arrolladora 
*PALABRAS DE MUJER María Elena Walsh, femenina y feminista. 
*PRIMER SIGLO (Para seguir con la historia reciente de Florencio Varela) 1966: Una Escuela Industrial al cumplir F. Varela 75 años (Pp. 7 a 10)
 *PALABRAS CON MEMORIA Miguel Ángel Arrascaeta Un "valiente soldado", e la zona rural a las trincheras, en Malvinas (Pp. 11 a 13) Una nota que conmueve el alma y renueva la angustia y el dolor de tantas familias argentinas, que en aquel fatídico 1982, transcurrían días y noches con un único pensamiento. ¿Para qué? ¡Para alimentar la vanidad y la soberbia de una lacra militar que se creyeron los salvadores de la patria y lanzaron a jóvenes a esa trampa mortal de la que tantos, como Miguel Ángel Arrascaeta no volvieron!

(Testimonio recogido por la agrimensora Analía Hebe Fariñas en enero de 2009; que desde el N° 183 "Palabras con Historia" publica, sobre la participación, en la Guerra del Atlántico Sur, de los jóvenes conscriptos varelenses fallecidos en combate) 
*PALABRAS PARA LEER, VER Y ESCUCHAR con libros, fotografías, artes plásticas, talleres de lectura, el Jardín del Recuerdo de la Sociedad Civil Mi Pueblo, Fiesta de la Miel en el Museo Hudson, despedido a un amigo y ferias pro-Hospital "Mi Pueblo". 
*PALABRAS CON EVOCACIÓN Hace más de seis décadas una alumna de 6° grado evoca a Eva Perón, al año de su muerte.

"En el baúl de los recuerdos, entre álbumes de fotos amarillentas y antiguos libros de lectura, encontré un viejo cua­derno de 1953, testimonio de mis años es­colares. En sus páginas, la evocación de las fechas del natalicio y el fallecimiento de Eva Perón - el 7 de mayo de 1919 y el 26 de julio de 1952, respectivamente - cum­plida de acuerdo con los planes de estu­dio de la época en las escuelas públicas de la ciudad de Buenos Aires. 
A un año de la muerte de la 'Abanderada de los Humildes' yo cursa­ba el 6o grado, el último de la enseñanza primaria. 
Aquel 7 de mayo de 1953, la joma­da escolar se inició con la clase de geo­metría, en la que aprendimos a reconocer un cuadrilongo (o rectángulo) y a averi­guar su perímetro y superficie y en la hora siguiente hablamos del Día de la Minería, instituido para guardar memoria de otro 7 de mayo, pero de 1813, fecha en la que se redactó la primera ley de fomento de la actividad minera en el país.
Tras el recreo largo de la media mañana, después del mate cocido con le­che y la factura con la que merendábamos, pasamos a conmemorar el 'naci­miento de la Jefa Espiritual de la Na­ción' (en este mayo cumpliría 100 años), copiando un capítulo de su libro 'La razón de mi vida' y concluimos la jorna­da redactando una composición sobre el otoño: 'Lluvia de hojas'.
El 24 de julio - fecha próxima a la de su fallecimiento - la primera clase, dedi­cada a aritmética, aprendimos sobre el peso específico de los elementos; luego, en la hora de Lenguaje recibimos nocio­nes de ortografía  - homónimos y parónimos - y en la de Religión, el tema fue la Santa Misa.
Para evocar la fecha de su deceso - Evita tenía apenas 33 años - transcribimos en el cuaderno algunas de sus expresio­nes, rescatadas de discursos pronuncia­dos en su muy breve, pero efectiva vida política al lado de su esposo, el general Juan Domingo Perón, presidente de la República." G.L. 
SU PENSAMIENTO
Abrazada a la Patria, todo lo daré, porque hay po­bres en ella todavía, porque hay tristes, porque hay desespe­rados, porque hay enfermos.


Mi alma lo sabe, mi cuerpo lo ha sentido. Pongo junto al alma de mi pueblo mi propia alma. Le ofrezco todas mis energías, para que mi cuerpo sea como puente tendido hacia la felicidad común.”
"Palabras con Historia Año 16 - N° 184, Mayo de 2019. Graciela Linari
Compilación Chalo Agnelli
Todos los números de Palabras con Historia pueden hallarse en la Biblioteca Popular Pedro Goyena