No es la primera vez que
Riquelme ocupa tanto espacio y tanto tiempo en la prensa gráfica, oral y
televisiva. Ni va a ser la última. Como el genial Droopy del no menos genial
Tex Avery,[1]
aparece en todas partes, se multiplica. No es tan frecuente, en cambio, que
Riquelme transite por los pasillos de nuestra literatura. Uno secretamente
aspira a que un texto como Lo pisado, pasado, que escribimos alguna vez ante la
inminencia de su partida al exterior, sobreviva aunque sea en la memoria de
unos pocos futboleros romanistas y en los márgenes del corpus literario. Pero
no es seguro, para nada.
Sin embargo, rebuscando – aunque
no mucho y de memoria – en la infinidad de relatos que saturan los estantes de
cualquier biblioteca de narrativa argentina, se encuentran pruebas (aunque
pocas) contundentes de que (el apellido) Riquelme ha dejado huella, marca,
pisada importante en nuestra narrativa. Y es, como no podía ser de otra manera,
una marca rara, extraña.
Por ejemplo, no resulta
novedad para los estudiosos y frecuentadores de nuestra mejor ficción que “Marta Riquelme” es un caso singular.
Sobre todo porque se han escrito dos cuentos con ese nombre/título, muy
diferentes entre sí, pero emparentados en origen.

EL PRIMER “MARTA RIQUELME” es uno de los cuatro que componen el volumen “El ombú y otros cuentos” (1904), publicado por William Henry Hudson en inglés y traducido luego al castellano,
como toda la obra que el hijo de yanquis criado en Quilmes escribió sobre sus
experiencias argentinas una vez emigrado y radicado en Inglaterra, donde murió
viejito y sin volver jamás. El cuento del autor de “Allá lejos y hace tiempo”
es una de las tantas lúgubres versiones de la leyenda norteña del kakué (o
kakuy o cacuí), el pájaro nocturno de canto lastimero y a menudo aterrador, que
se supone metamorfosis de una mujer desgraciada en queja sempiterna. En el
relato de Hudson, ambientado en Yavi (Jujuy) durante la época de Rosas y
narrado por Sepúlveda, un joven y perturbado jesuita cordobés, la mujer
devenida (en su presencia) chirriante pajarraco tenebroso es la joven, bella y
agra/desgraciada Marta Riquelme, y el cuento, su historia de terribles
sinsabores, que incluyen el abandono, la cautividad, la violación, la acusación
de brujería. Da miedo y lástima, como debe ser.
CASI MEDIO SIGLO DESPUÉS, el habitual ensayista y ocasional narrador Ezequiel Martínez Estrada escribió otro notable relato, casi una
nouvelle, con el mismo nombre/título, pero que en apariencia nada tiene que ver
con aquél. Publicado en un volumen de 1951 junto a otro cuento, “Examen sin
conciencia”, fue reeditado como Marta Riquelme, a secas, en 1956. Cabe aclarar
que el autor del clásico “Radiografía de la pampa” había escrito en los años
’40 un libro entrañable, El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson, en
el que pasaba revista a vida y obra del autor, y conocía muy bien toda su
producción. Así, la filiación entre ambos textos puede encontrarse no en el
argumento sino en dos o tres alusiones y referencias indirectas a la fuente que
aparece a lo largo del relato.
EL MARTA RIQUELME DE MARTÍNEZ ESTRADA es un cuento original y complejo, que la crítica actual ha revalorizado
por la atención que pone en la materia textual, el objeto mismo de la actividad
literaria: la escritura. El relato se presenta como el prólogo y la
introducción explicativa a las inabarcables Memorias manuscritas de Marta
Riquelme (casi dos mil páginas de dificultosa lectura, improbable ordenamiento
y dudosa decodificación) escritas en la década del ’30, entre sus doce y veinte
años. El cuento/prólogo narra las vicisitudes del inmenso manuscrito, las
peripecias del prologuista (que se identifica con el mismo Martínez Estrada) y
hace múltiples referencias a su enigmático, desordenado y a menudo escabroso
contenido. Las Memorias – que nunca conoceremos, claro – cuentan los avatares
inverificables de generaciones de una familia proliferante, de un pueblo
(Bolívar) sin fin, y de una casa con un árbol central (el magnolio) que alberga
personajes, situaciones e historias de equívoca perversión de las que la
doncella y escriba deja testimonio.
NO HAN FALTADO, para
esta original Marta Riquelme de Martínez Estrada lecturas críticas que hacen
llegar su influencia y resonancia formal hasta algunos clásicos de la narrativa
latinoamericana de los ’60, como “Rayuela” y “Cien años de soledad”. Nada
menos. Sin embargo, el personaje literario (de apellido) Riquelme tal vez menos
famoso pero acaso más interesante de la literatura argentina es otro. Y también
protagoniza un cuento en el que hace de muerto, de asesinado. Vale la pena
recordarlo.
Como ya hemos contado
alguna vez, en abril de 1953 el joven Rodolfo
Walsh publicó en la colección Evasión de Editorial Hachette la antología “Diez
cuentos policiales argentinos”, primera del género en el país. Allí, junto a
Borges, Bioy, Peyrou, Jerónimo del Rey – seudónimo que ocultaba al cura
Castellani –, el propio Walsh y otros menos conocidos cultores del policial
aparecía Facundo Marull, cuyo relato elegido, “Una bala para Riquelme”, había ganado el concurso de la revista
Vea y Lea dos años atrás.
MARULL – poeta y rosarino, por lo
que sabemos – no ha dejado mucha obra dentro del género, pero su ingenioso
relato –breve, barrial y barroco– no es de los que se olvidan: tiene
originalidad, clima y estilo. Aquel literalmente pesado Riquelme del cuento es
muerto en el café tras muchos disparos y aparatoso desparramo. Hay varios
candidatos pero, como siempre en estos casos y en este tipo de historias, hay
alguien, uno que disparó. Y determinarlo es fundamental: quién mató a aquel
Riquelme.
Futbolero, hincha de Boca,
amante del juego más hermoso, pertenezco al club de los admiradores (casi) incondicionales
de este Riquelme, Román, modelo de jugador en todos los sentidos y rara avis de
una especie de personajes genuinos en vías de extinción: los que no transan,
los que no se agachan, los que viven y acaso mueran con la suya, que es la
nuestra. No sé cómo terminará finalmente la historieta que satura las páginas y
las pantallas. No importa, aunque quisiera verlo jugar siempre con la diez y en
la Bombonera. Pero sin duda que, sea como fuere, me gusta – neurótico,
ciclotímico, oscuro en su transparencia – el hecho de que no cambie el
discurso, que no se baje los lienzos, que no les regale nada a las diferentes
formas o modulaciones del Poder (de los medios y su puterío interesado, de los
dirigentes-dueños y sus intereses, de la AFA & Asoc. con la Selección
incluida) y que siempre ponga el eje (de la discusión, del juego) en el lugar
correcto.
La literatura argentina – y acaso la Argentina a
secas – necesitan personajes como éste.
JUAN SASTURAIN
PÁGINA 12 - Lunes, 26 de julio de 2010
NOTA
[1] Tex Avery (1908-1980) fue
un dibujante y director estadounidense, creador de los dibujos animados: McLobo,
la Ardilla Loca, Porky, Bugs Bunny, Droopy, etc. Su influencia se extiende a
casi todos los estudios desde los años 40 y 50 hasta la actualidad.